lunes, noviembre 13, 2017

DEL EGO A LA ESENCIA




Me ha gustado tanto este artículo, extraído del libro “Encantado de conocerme”, publicado por Borja Vilaseca en enero de 2008, que paso a transcribirlo íntegramente:

El viaje del autoconocimiento consiste en trascender el ego para reconectar con la esencia que verdaderamente somos y donde se encuentra la felicidad, la paz y el amor que equivocadamente buscamos afuera:

Los seres humanos nacemos en la incosciencia más profunda. Ningún bebé puede valerse por sí mismo. Depende enteramente de otros para sobrevivir física y emocionalmente. Tanto es así, que pasarán muchos años hasta que cuente con un cerebro lo suficientemente desarrollado como para gozar de una cualidad extraordinaria: la“consciencia”. Es decir, la habilidad de elegir cómo pensar, qué decir, qué comer, cómo comportarse y, en definitiva, qué tipo de decisiones tomar a la hora de construir su propio camino en la vida.

Y no sólo eso. Dentro del útero materno, el bebé se siente conectado y unido a su madre y, por ende, a todo lo demás. Sin embargo, nada más nacer se produce su primer gran trauma: la separación de dicha unión y conexión con su madre –y con todo lo demás-, perdiendo por completo el estado esencial en el que se encontraba. De pronto tiene frío y hambre. Y necesita seguridad y protección. Para compensar el tremendo shock que supone abandonar el cálido y agradable útero materno, el bebé comienza a sentir una infinita sed de cariño, ternura y amor.

La mayoría de heridas que nos hacemos se regeneran con el paso del tiempo. Curiosamente, el trauma generado por el parto es tan brutal, que como recuerdo nos queda una cicatriz –coloquialmente conocida como “ombligo”-, la cual perdura en nuestro cuerpo para la posteridad. Parece como una señal que nos recuerda aquello que hemos perdido. O dicho de otra manera: aquello que necesitamos recuperar para volver al estado esencial de unión y conexión que en su día todos experimentamos.

Sea como fuere, desde el mismo día de nuestro nacimiento, cada uno de nosotros hemos ido perdiendo el contacto con nuestra “esencia”, también conocida como “ser” o “yo verdadero”. Es decir, la semilla con la que nacimos y que contiene la flor que somos en potencia. La esencia es el lugar en el que residen la felicidad, la paz interior y el amor, tres cualidades de nuestra auténtica naturaleza, las cuales no tienen ninguna causa externa; tan sólo la conexión profunda con lo que verdaderamente somos. En la esencia también se encuentra nuestra vocación, nuestro talento y, en definitiva, el inmenso potencial que todos podemos desplegar al servicio de una vida útil, creativa y con sentido.

EL REGALO DE ESTAR VIVO: “No eres la charla que oyes en tu cabeza. Eres el ser que escucha esa charla”. (Jiddu Krishnamurti).

Desde un punto de vista emocional, cuando reconectamos con nuestra esencia disponemos de todo lo que necesitamos para sentirnos completos, llenos y plenos por nosotros mismos. Entre otras cualidades innatas, la esencia nos acerca a la responsabilidad, la libertad, la confianza, la autenticidad, el altruismo, la proactividad y la sabiduría, posibilitando que nos convirtamos en la mejor versión de nosotros mismos. Es sinónimo de luz. Así, estamos en contacto con nuestra verdadera esencia cuando estamos muy relajados, tranquilos y serenos. Cuando, independientemente de cómo sean nuestras circunstancias externas, a nivel interno sentimos que todo está bien y que no nos falta de nada. Cuando vivimos de forma consciente, dándonos cuenta de nuestros automatismos psicológicos. Cuando somos capaces de elegir nuestros pensamientos, actitudes y comportamientos, cosechando resultados emocionales satisfactorios de forma voluntaria. Cuando logramos relacionarnos con los demás de forma pacífica, constructiva y armoniosa, tratando de comprender en vez de querer que nos comprendan primero.

También estamos en contacto con nuestra esencia cuando dejamos de perturbarnos a nosotros mismos, haciendo interpretaciones de la realidad mucho más sabias, neutras y objetivas. Cuando aceptamos a los demás tal como son, ofreciendo en cada interacción lo mejor de nosotros mismos. Cuando vivimos en el presente, disfrutando plenamente del aquí y el ahora. Cuando permanecemos en silencio y escuchamos con toda nuestra atención las señales que nos envía nuestro cuerpo. Cuando conseguimos ver el aprendizaje de todo cuanto nos sucede. Cuando sentimos que formamos parte de la realidad y nos sentimos uno con ella. Cuando experimentamos una profunda alegría y gratitud por estar vivos. Cuando confiamos en nosotros mismos y en la vida. Cuando abandonamos la necesidad de querer cambiar el mundo y lo aceptamos tal como es, aportando sin expectativas nuestro granito de arena. Cuando reconocemos no saber y nos mostramos abiertos mentalmente a nuevas formas de aprendizaje.

Del mismo modo que sabemos cuando estamos enamorados, sabemos perfectamente cuando estamos en contacto con nuestra verdadera esencia. No tiene nada que ver con las palabras, la lógica o la razón. Más bien tiene que ver con el arte de ser y estar. Y con la sensación de conexión y unión. Lo cierto es que todos hemos vivido momentos esenciales, en los que nos hemos sentido libres para fluir en paz y armonía, como si estuviéramos conectados con los demás de una forma que supera nuestra capacidad de entendimiento. Al regresar al lugar del que partimos y del que todos procedemos, experimentamos un punto de inflexión en nuestra forma de comprender y de disfrutar de la vida. Empezamos a vivir de dentro hacia afuera. Y por más que todo siga igual, al cambiar nosotros, de pronto todo comienza a cambiar. Sabios de diferentes tiempos lo han venido llamando “la revolución de nuestra conciencia”.

LA INSATISFACCIÓN CRÓNICA DEL EGO: “Si con todo lo que tienes no eres feliz, con todo lo que te falta tampoco lo serás”. (Erch Fromm).

Debido a nuestro complejo proceso de evolución psicológica, desde el día en que nacemos nos vamos desconectando y enajenando de nuestra esencia, la cual queda sepultada durante nuestra infancia por el “ego”. Así es como perdemos, a su vez, el contacto con la felicidad, la paz interior y el amor que forman parte de nuestra verdadera naturaleza. Y, como consecuencia, empezamos a padecer una sensación de vacío e insatisfacción crónicos.

El ego es nuestro instinto de supervivencia emocional. También se le denomina “personalidad” o “falso yo”. No en vano, el ego es la distorsión de nuestra esencia, una identidad ilusoria que sepulta lo que somos verdaderamente. Es como un escudo protector, cuya función consiste en protegernos del abismo emocional que supone no poder valernos por nosotros mismos durante tantos años de nuestra vida. El ego –que en latín significa “yo”- también es la máscara que hemos ido creando con creencias de segunda mano para adaptarnos al entorno social y económico en el que hemos nacido y nos hemos desarrollado.

Así, el ego nos lleva a construir un personaje con el que interactuar en el gran teatro de la sociedad. Y no sólo está hecho de creencias erróneas, limitantes y falsas acerca de quienes verdaderamente somos. El ego también se asienta y se nutre de nuestro lado oscuro. De ahí que suela utilizarse la metáfora de la “iluminación” para referirse al proceso por medio del cual nos damos cuenta de cuáles son los miedos, inseguridades, carencias, complejos, frustraciones, miserias, traumas y heridas que venimos arrastrando a lo largo de la vida. Por más que las obviemos y no las queramos reconocer, todas estas limitaciones nos acompañan las 24 horas del día, distorsionando nuestra manera de ver el mundo, así como la forma en la que nos posicionamos frente a nuestras circunstancias.

Por mucho que podamos sentirnos identificados con él, no somos nuestro ego. Ante todo porque el ego no es real. Es una creación de nuestra mente, tejida por medio de creencias y pensamientos. Sometidos a su embrujo, interactuamos con el mundo como si lleváramos puestas unas gafas con cristales coloreados, que limitan y condicionan todo lo que vemos. Y no sólo eso: con el tiempo, esta percepción subjetiva de la realidad limita nuestra experiencia, creándonos un  sinfín de ilusiones mentales que imposibilitan que vivamos en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás. Vivir desde el ego nos lleva a estar tiranizados por un “encarcelamiento psicológico”, al no ser dueños de nosotros mismos –de nuestra actitud-, nos convertimos en esclavos de nuestras reacciones emocionales y, en consecuencia, de nuestras circunstancias.

EGOCENTRISMO, VICTIMISMO Y REACTIVIDAD: “Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos”. (Buda).

Del ego surge el victimismo, la esclavitud, el miedo, la falsedad, el egocentrismo, la reactividad y la ignorancia, generando que nos convirtamos en un sucedáneo de quien en realidad somos. Es sinónimo de sombra y oscuridad. Así, estamos identificados con nuestro ego cuando estamos muy tensos, estresados y desequilibrados. Cuando permitimos que nuestro estado de ánimo dependa excesivamente de situaciones o hechos que escapan a nuestro control. Cuando nos sentimos avergonzados, inseguros u ofendidos. Cuando vivimos de forma inconsciente, con el piloto automático puesto, casi sin darnos cuenta. Cuando nos tiranizan pensamientos, actitudes y comportamientos tóxicos y nocivos, cosechando resultados emocionales insatisfactorios de forma involuntaria.

También estamos identificados con nuestro ego cuando tratamos de que la realidad se adapte constantemente a nuestras necesidades, deseos y expectativas. Cuando nos perturbamos a nosotros mismos, victimizándonos y culpando a otras personas de lo que nos sucede. Cuando nos tomamos las cosas que pasan o los comentarios de los demás como algo personal. Cuando no aceptamos a los demás tal como son, tratando de amoldarlos a como, según nosotros, deberían de ser. Cuando nos la mentamos por algo que ya ha pasado o nos preocupamos por algo que todavía no ha sucedido, marginando por completo el momento presente. Cuando somos incapaces de estar solos, en silencio, sin hacer nada, sin estímulos ni distracciones de ningún tipo.

Seguimos tiranizados por el ego cuando exigimos, criticamos o forzamos a los demás. Cuando nos encerramos en nosotros mismos por miedo a que nos sucedan cosas desagradables. Cuando nunca tenemos suficiente con lo que nos ofrece la vida. Cuando reaccionamos mecánica e impulsivamente, perdiendo el control de nuestros actos. Cuando actuamos o trabajamos movidos por recompensas o reconocimientos externos. Cuando creemos saberlo todo y nos cerramos mentalmente a nuevas formas de aprendizaje.

En definitiva, cuando experimentamos cualquiera de estos sentimientos, podemos estar completamente seguros de que seguimos protegiéndonos tras la ilusión de nuestra personalidad, ego o falso yo, que nos hace creer que estamos separados de todo lo demás. En última instancia, este egocentrismo es el que nos lleva a luchar en contra de lo que sucede y a entrar en conflicto con otras personas, sufriendo de forma inútil e innecesaria. Lo cierto es que detrás del miedo, la tristeza y la ira se esconde agazapado nuestro ego, el cual también es responsable de que sintamos que nuestra existencia carece de propósito y sentido.

LA FUNCIÓN DEL EGO: “El sufrimiento es lo que rompe la cáscara que nos separa de la comprensión”. (Khalil Gibran).

El ego no es bueno ni malo. No hay que demonizarlo. Vivir identificados con esta máscara tiene ventajas e inconvenientes. Más allá de protegernos, cabe insistir en que el ego es la causa subyacente de todas las causas que nos hacen sufrir. Por eso, al estar identificados con nuestra personalidad o falso yo, es cuestión de tiempo que, hagamos lo que hagamos, terminemos fracasando. Porque, tan pronto como alcanzamos una meta, nos provoca una profunda sensación de vacío en nuestro interior, la cual nos obliga a fijar inmediatamente otro objetivo. Nuestro ego nunca tiene suficiente con lo que conseguimos, siempre quiere más. La insatisfacción crónica es la principal consecuencia de vivir identificados con este “yo” ilusorio.

Sin embargo, hay que estar agradecidos al ego por la ayuda que nos brindó a lo largo de nuestra infancia. Sin él, nos habría sido mucho más duro sobrevivir emocionalmente por no decir imposible. De ahí que éste sea necesario en nuestro proceso de desarrollo. Además, gracias al sufrimiento provocado por nuestro ego, finalmente nos comprometemos con cuestionar el sistema de creencias que nos mantiene anclado a él, iniciando un camino de aprendizaje para reconectar con nuestra verdadera esencia. Y esto sucede el día que nos damos cuenta de que la compañía del ego nos quita más de lo que nos aporta.

Por descontado, desidentificarse del ego no quiere decir librarse de él, sino integrarlo conscientemente en nuestro propio ser. De lo que se trata es de conocer y comprender qué es lo que nos mueve a ser lo que somos para llegar a aceptarnos y, por ende, empezar a recorrer el camino hacia la integración. De ahí surge una comprensión profunda, que nos permite vivir en armonía con nosotros mismos, con los demás y con la realidad de la que todos formamos parte. El ego y la esencia son como la oscuridad y la luz que conviven en una misma habitación. El interruptor que enciende y apaga cada uno de estos dos estados es nuestra consciencia. Cuanto más conscientes somos de nosotros mismos, más luz hay en nuestra vida. Y cuanta más luz, más paz interior y más capacidad de comprender y aceptar los acontecimientos externos, que escapan a nuestro control.

Por el contrario, cuanto más inconscientes somos de nosotros mismos, más oscuridad hay en nuestra existencia. Y cuanta más oscuridad, más sufrimiento y menos capacidad de comprender y aceptar los acontecimientos externos, que en ese estado creemos poder adecuar a nuestros deseos y expectativas egocéntricos. Los únicos que podemos encender o apagar este interruptor somos nosotros mismos. Al principio nos costará creer que existe; más adelante tendremos dificultad para encontrarlo. Pero, si persistimos en el trabajo con nuestra mente y nuestros pensamientos, finalmente comprenderemos cómo conseguirlo. Porque, como todo en la vida, es una simple cuestión de adquirir la información correcta, así como de tener energía y ganas para convertir la teoría en práctica, lo que habitualmente se denomina aprendizaje. Aunque en este caso resulta algo más complicado, la recompensa que se obtiene es la mayor de todas.

Yo no puedo más de mí mismo”. ¿Cuántas veces en la vida hemos pronunciado esta desesperada afirmación? Si la observamos detenidamente, corroboramos que dentro de cada uno de nosotros hay una dualidad, dos fuerzas antagónicas –el amor (esencia) y el miedo (ego)- que luchan por ocupar un lugar destacado en nuestro corazón. Lo cierto es que sólo una de ellas, es real, mientras que la otra es completamente ilusoria. El viaje de autoconocimiento consiste en diferenciar entre una y otra, desenmascarando al ego para vivir desde nuestra verdadera esencia.

Hasta aquí el excelente artículo de Borja Vilaseca, extraído del libro “Encantado de conocerme” (enero de 2008, portada en la foto de arriba). Al que, únicamente, voy a añadir mi habitual broche final musical:

Lógicamente, la música popular no es ajena a las ataduras del “ego”, el pop, el tango o el flamenco, entre otros muchos estilos, muchas veces se regodean en el dolor, el sufrimiento y el dejarnos llevar en exceso por nuestras emociones. Sin embrago, también hay excepciones que confirman la regla como este tema de unos de mis ídolos de juventud, “Tears for Fears”, en la que nos recuerdan que es posible y saludable cambiar:

Resuena en el sombrero: “Change”.- Tears for Fears (Bath (UK), 1983).

jueves, noviembre 02, 2017

EL DELICIOSO AROMA DEL EMBUDO DE LA PARÁLISIS




Si me preguntasen cuál es la seta que mejor huele, sin duda alguna diría que la Paralepistopsis amoenolens (Malençon) Vizzini (= Clitocybe amoenolens Malençon), tal y como indica su nombre específico que proviene del latín “amoenus” (agradable) y “olens” (oloroso), su delicioso aroma, muy suave y perfumado, es difícil de describir, a mi me huele a una mezcla entre una colonia suave para bebés con matices florales y afrutados dulces, con un ligero toque anisado, que recuerda a un licor de pera o de endrinas (patxarán), dicen que es parecido al de otras setas, como Inocybe pyriodora o Inocybe corydalina, de olor más intenso, casi desagradable y muy tóxica, así como al del Tricholoma caligatum, pero más suave y delicado. Este Tricholoma sale en otoño en los pinares y es un comestible poco apreciado debido a su aroma demasiado intenso, a perfume oriental y canela. No sucede así con Paralepistopsis amoenolens, que es tóxica y su ingesta produce un extraño síndrome, cuya historia paso a resumir a continuación:

En Japón, a comienzos del siglo XX, se produjeron una serie de graves intoxicaciones tras el consumo de la denominada “seta venenosa del bambú” que, en el año 1918, T. Ichimura describió y publicó por vez primera con la denominación de Clitocybe acromelalga Ichimura (= Paralepistopsis acromelalga (Ichimura) Vizzini, 2012). A partir de las 24 horas de su ingestión, los afectados presentaron fuertes dolores acompañados de otros síntomas en las partes distales de las extremidades, manos y pies, que se mantuvieron durante bastantes días, en no pocos casos semanas, y excepcionalmente meses, sin respuesta a los tratamientos clásicos con analgésicos. En ciertos casos, el difícil control y la falta de un tratamiento eficaz condujeron al fallecimiento de algunos afectados. Finalmente el síndrome se designó como “acromelalgia” (dolor en las partes acras) siendo el causante un compuesto conocido como ácido acromélico (figura 1, Shinozaki & al., 1986; Nakamura & al., 1987; Leonardi & al., 2002; Piqueras, 2004, 2006).


En Francia, en los años, 1979, 1986 y 1996, tras el consumo de setas desconocidas, confundidas con la comestible Paralepista flaccida (Sowerby) Vizzini (= Lepista inversa (Scop.: Fr.) Pat.), se produjeron episodios de intoxicación con cuadros médicos de características similares a los de Japón (Courtecuisse & al., 1999). Inicialmente se consideró que pudieran tratarse de ejemplares de Clitocybe acromelalga Ichimura, pero finalmente el Dr. Philippe F. Saviuc con la colaboración de P. Neville logró identificarlas como Clitocybe amoenolens Malençon (Neville & Poumarat, 1998; Moreau & al., 2001; Saviuc & al., 2001, 2002, 2003; Saviuc, 2004).

Clitocybe amoenolens es una especie poco común, descrita por primera vez como nueva para la ciencia por Malençon (Malençon & Bertault, 1975), quien la encontró en el Norte de África (Marruecos), fructificando durante el otoño en pequeños grupos en los límites o claros de bosques, en suelo calcáreo, con Cedrus libani ssp. atlantica (Endl.) Batt. & Trab., Quercus ilex L. e Ilex aquifolium L., a 1600 m. de altitud. Posteriormente se ha citado de los Alpes Marítimos (Neville & Poumarat, 1998) y del Valle de Maurienne (Courtecuisse & al., 1999) en los Alpes de la Haute-Provence, ambos en Francia. En el año 1999, en Italia, en un bosque de Pinus nigra Arnold y Cedrus spp., en terreno básico (Contu & al., 2001). Posteriormente ha sido citado en diversas localidades de Italia por Leonardi & al. (2002) y Marinetti & Recchia (2005), en bosques de Abeto blanco (Abies alba), como en los ejemplares de la foto de arriba, junto a otras especies.

Clitocybe amoenolens fue encontrada por primera vez en España, en 2009, en la Comunidad Autónoma de La Rioja, en el municipio de Almarza de Cameros, donde ha sido recogida en dos ocasiones por miembros de la Sociedad Micológica Verpa”, en la proximidad de Picea abies (L.) de una zona ajardinada, en terreno calizo. Pocos días después se recogió en la provincia de Guadalajara (Castilla-La Mancha), en suelo ácido (cuarcitas y pizarras), cerca de Pinus pinaster, Cupressus arizonica Greene y Cistus ladanifer L.

A partir de esa fecha ha sido vista en más lugares, como en la zona media de Navarra, en 2003 (?) y 2014, en robledales, encinares y Pinus sylvestris, aunque es evidente que se trata de una especie rara y escasa, motivo por el que carece de nombre vulgar en castellano, si bien en inglés se le llama “paralysis funnel” (embudo de la parálisis).

Agradecimientos: Casi todo el texto ha sido extraído del artículo publicado por Fernando Martínez, Rubén Martínez, Anttón Meléndez y Carlos María Pérez del Amo, miembros de la Sociedad Micológica “Verpa”, en el Boletín de la Sociedad Micológica de Madrid nº 34 (2010).

Hablando de parálisis y setas venenosas que pueden llevarte al cementerio, y teniendo en cuenta que ayer fue Halloween, hoy resuena en el sombrero: “Jugando a las cartas”.- Parálisis Permanente (Madrid, 1982).

martes, octubre 17, 2017

PIRÓMANOS




En este octubre caliente de 2017, España arde tanto por su extremo Noroeste como por el Noreste.

En Galicia, pirómanos forestales se lanzaron a quemar los montes como posesos inconscientes, aprovechando las circunstancias de una fuerte y prolongada sequía, en combinación con fuertes vientos producidos al paso de la tormenta tropical “Ofelia” por la costa atlántica. Si bien el problema no es nuevo, ha sido el estallido de un problema socioecológico que se ha venido gestando durante las últimas décadas, en el que intervienen factores culturales, de propiedad del terreno, promoción de repoblaciones productoras a base de pinos y eucaliptos, economía ligada a los medios de extinción de incendios, etc. Un problema o un “melón” que no se ha querido abrir, afrontar o acometer a su debido tiempo, y los problemas nunca se resuelven solos con el mero paso del tiempo, sino todo lo contrario, siempre tienden a empeorar. Siguiendo con el símil de los incendios forestales, de todos es sabido que cuanto antes se llega a atajar un incendio más fácil es apagarlo.

Algo similar (otro “melón”), pero en el ámbito sociopolítico, está sucediendo en Cataluña, donde, tras décadas de “sequía” de diálogo y con vientos predominantes y sostenidos de gran inmovilismo político, auténticos “pirómanos sociales” han encendido los ánimos, las ilusiones, los miedos, las esperanzas y los sentimientos contrapuestos de gran parte de la población de un territorio. Es evidente que se debería haber actuado hace mucho tiempo, pero llegados a este punto, en mi opinión, habría que haber aplicado el mismo principio de los incendios forestales, es decir, la rapidez, cuanto antes se actué mejor, menos crece el incendio, menores son los daños, los costes y los riesgos, porque nos hemos tirado 4 meses de incertidumbre y tensiones crecientes, y eso tiene un precio económico y social importante. De manera irresponsable e inaudita, se ha jugando a ver quién aparece primero como el malo de la película, un patético y ridículo juego del gato y al ratón, de ver quién es la víctima y quién es el verdugo, para al final, después de marear tanto la perdiz, agotar y desesperar al conjunto de la ciudadanía, terminar aplicando lo que se veía venir como inevitable, esto es la aplicación del famoso artículo 155 de la Constitución.

Porque, vamos a ver, cuando las posturas están tan enfrentadas, el área de consenso o intersección es nula y el desafío a la legislación actual ha sido tan claro y evidente desde el primer momento, pienso que nos podíamos haber ahorrado todos estos meses de tensión e incertidumbre. Cuando un cargo público, como es el Presidente de una Comunidad Autónoma, sale en el telediario de las 21:00 horas diciendo abiertamente que no admite la autoridad del Tribunal Constitucional, perfectamente, al día siguiente, el Presidente Rajoy podría haberle enviado una carta similar a la que le envió el viernes 13 de octubre, preguntándole si se ratifica en su desobediencia a dicho Tribunal, como primer paso para aplicar el artículo 155. O sea, llegamos al mismo resultado pero mucho antes, sin la agonía de todos estos meses, dejando las cosas claras desde el principio, ya sabemos que la bronca y los follones iban a ser inevitables, de todas formas y se hiciese lo que se hiciese, porque es imposible contentar a todas las partes. De acuerdo, el problema no se va a resolver con la “varita mágica” del 155, pero, a estas alturas de la película, es lo que tocaba hacer.

No obstante, pase lo que pase, espero que todo evolucione y se desarrolle lo mejor posible, que a España se le pase pronto esta fiebre que ha hecho arder nuestras dos orejas, tanto la izquierda como la derecha, y que se vayan solucionando todos los problemas, en todas las partes de este agitado y conflictivo mundo que nos ha tocado vivir.

Resuena en el sombrero: “Bad Day”.- REM (Georgia(USA), 2006).

martes, octubre 03, 2017

PONERSE LAS PILAS DEL SOLAZ





Ayer pusieron una noticia sobre la incidencia del estrés en nuestros días, una situación que está haciéndose crónica, lo vemos como algo normal, propio de la condición humana en la sociedad actual, hasta el punto de que si no estamos estresados nos sentimos culpables y pensamos: “Quizá estoy perdiendo el tiempo, quizás podría hacer algo más, debo ponerme las pilas!”.

Una abuela se quejaba del apretado horario al que se somete a los niños, apuntándolos a un sin fin de actividades extraescolares, además de los deberes que tienen que hacer, con sus consiguientes trayectos en medio del intenso tráfico de las ciudades.

En una entrevista que le hizo Pablo Motos al actor Karra Elejalde, hace pocos días, le preguntaba: “¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?”. A lo que éste respondió: “Bueno, precisamente el otro día me encontré con un viejo amigo y me preguntó si hacíamos algo y le contesté: “La verdad es que vengo bastante cansado de unas intensas jornadas de grabación ¿Qué te parece si vamos a casa y nos tumbamos un rato en el sofá sin hacer nada?””.

A veces, la mejor forma de “ponerse las pilas” es cargándolas mediante momentos de sosiego, silencio, paz, relajación, reflexión, meditación… Personalmente, reivindico una palabra muy bonita que está totalmente en desuso: SOLAZ.

El avance de la sociedad, el progreso, ha consistido básicamente en lograr más tiempo libre para dedicar al ocio, para descansar, para que no todo sea duro trabajo de sol a sol. Por no hablar de uno de los tesoros de nuestra cultura mediterránea, como es la siesta. Pero resulta que, ahora que una mayoría de la sociedad disponemos de tiempo libre, nos empeñamos en buscarnos un sin fin de actividades, labores y trabajos alternativos para seguir agobiados.

Tampoco estoy diciendo que lo ideal sea estar el máximo tiempo que sea posible tumbado a la bartola, se puede descansar practicando un deporte, leyendo un libro, yendo al cine, tomando una caña con los amigos, saliendo a caminar por el monte, etc,… Siempre que lo hagamos porque nos apetece, con tranquilidad, sin prisa, sin agobios, porque surge, sin tenerlo todo planificado y apuntado en una libreta o en el móvil, otro aparatejo que dificulta bastante el descanso.

Parte del problema quizás esté en el propio lenguaje, ya que tendemos a utilizar palabras en negativo, tales como: No hacer nada, pasividad, conformismo, vagancia, pereza. Por lo que deberíamos cambiarlas por ideas positivas como: Necesario y merecido descanso, paréntesis para asimilar, digerir, reflexionar, meditar y recargar las pilas.

Dichosas pilas, dichoso anuncio del conejito ¡¡¡Que no somos máquinas, somos seres humanos!!!

Resuena en el sombrero: “Just Can´t Get Enough”.- Depeche Mode (Basildon (UK), 1980). Que la pongo porque está muy bien y sale el conejito famoso de las pilas, pero quizás, para ilustrar esta entrada, fuese más apropiado este otro tema de 1990: “Enjoy the Silence”.

martes, septiembre 26, 2017

PUEBLO NÓMADA / PUEBLO SEDENTARIO




A menudo se invoca al término “pueblo”, una palabra cuyo significado es un tanto difuso, ambiguo e indeterminado, porque “pueblo” no es lo mismo que el conjunto de la población que habita un determinado territorio. Una cosa es la gente y otra diferente el territorio, si bien es cierto que, desde hace muchos siglos, la relación entre personas y territorios viene implicando no pocos problemas.

Personalmente (no conozco ningún filósofo, pensador, antropólogo ni humanista que apoye esta teoría) he llegado a la conclusión de que, debido a su evolución como especie, el ser humano lleva en sus genes y en su psyche la vida nómada, por lo que no terminamos de adaptarnos correctamente al sedentarismo, si bien es cierto que ese estilo de vida conlleva grandes y atractivas ventajas y ha propiciado un enorme desarrollo científico, técnico y demográfico.

El hecho de que nos estableciéramos sobre un terreno para dedicarnos a cultivar la tierra y pastorear determinadas zonas, implicó tener que empezar a delimitar propiedades, medirlas, cercarlas, ponerles precio y defenderlas. Incluso, desde el punto de vista emocional y psicológico, surgió un fuerte apego a la tierra, pero no en sentido abstracto o espiritual, refiriéndonos a la “Madre Tierra”, sino un apego a nuestro terruño, nuestra finca, nuestro coto, nuestro pueblo, nuestra comarca, nuestra región, nuestro país, que, por supuesto, es muy distinto (siempre mejor), que el de los extranjeros, a quienes se mira con recelo y suspicacia, ya que son posibles invasores, o sea enemigos en potencia.

Los seres humanos nos hemos desarrollado con éxito en el planeta debido, básicamente, a dos capacidades o fuerzas contrapuestas: Por un lado está el espíritu solidario que promueve la colaboración y el trabajo en equipo; y por otra parte está el espíritu de lucha, la exaltación del guerrero que defiende a la tribu, al clan propio, frente a los demás. Es evidente que esta segunda faceta es la más negativa y la que resulta más problemática en la actualidad, y, en mi opinión, resulta obvio que el sedentarismo y el concepto de propiedad privada propician la prevalencia y continuidad de ese ardor guerrero, junto con el individualismo y el materialismo.

Actualmente, es evidente que la inmensa mayoría de las personas vivimos en “núcleos de población”, o sea en pueblos y ciudades, si bien cada vez existe una mayor movilidad, viajamos con frecuencia, ya sea por placer, por trabajo o por necesidad (huída de conflictos o catástrofes, refugiados como los de la foto de arriba), algo que debería acercarnos a nuestros valores humanos más genuinos y primigenios, forjados durante los miles de años de vida nómada, como son: la solidaridad, la colaboración, la generosidad y la hospitalidad, unos valores que propician una cultura en la que el forastero no es visto como una amenaza, ni como un enemigo en potencia, sino como una bienvenida fuente de noticias, de conocimientos y de nuevos genes (al objeto de evitar la consanguinidad y la decadencia genética). Pero, paradójicamente, resulta que no, que es todo lo contrario, les echamos la culpa de todos nuestros problemas a los inmigrantes, a los refugiados, a los turistas, a esos malditos extranjeros ¿Por qué? Sencillamente, porque nuestro primigenio “Homo sapiens nomadensis solidarius” ha sido enterrado por siglos de “ego” sobrealimentado por la abundancia generada en el seno de la vida sedentaria.

Otra consecuencia de los milenios de evolución como especie nómada, es nuestro intrínseco espíritu aventurero, muy relacionado con el espíritu de lucha, de hecho sería una buena manera de canalizar ese “ardor guerrero” de una forma más positiva y constructiva. Pero el aventurero que todos llevamos dentro se ahoga y se aburre sentado en el sofá de su casa, lo que a menudo nos mueve a emprender proyectos o acciones impulsivas, poco meditadas y que muchas veces chocan con la realidad o con los impulsos, deseos y aspiraciones de otras personas, lo que es fuente de no pocos conflictos y problemas.

Es tiempo de replantearnos nuestra forma de vida y nuestro modelo de desarrollo, es tiempo de reconstrucción.

Resuena en el sombrero: “Reconstrucción (el mejor momento)”.- Deluxe (Galicia (España), 2008).

lunes, septiembre 18, 2017

DEL "ÁUREA MEDIOCRITAS" A LA "MEDIOCRECRACIA"


En el año 23 a. d. C., Horacio escribió en sus “Odas” sobre el concepto poético de “áurea mediocritas” (dorado término medio, dorada medianía o moderación), una expresión latina que alude a la pretensión de alcanzar un deseado punto medio entre los extremos, un estado ideal alejado de cualquier exceso, mediante la justa medida de los términos opuestos, una especie de “nirvana” del hedonismo epicúreo, basado en conformarse con lo que se tiene y no dejarse llevar por las emociones desproporcionadas.

Sin embargo, paradójicamente, el hedonismo materialista, fomentado por el consumismo y el capitalismo actuales, parece llevarnos hacia un creciente desequilibrio consistente en una cierta “mediocrecracia” o el poder de los mediocres.

El afán por abaratar costes fomenta que se oferten al mercado productos mediocres de baja calidad, con los que parece conformarse una mayoría de la población, con la excepción de las elites privilegiadas, lo que conduce a una progresiva desigualdad social, ya que la inmensa mayoría de la población tiende a igualarse por abajo, mientras que los más ricos cada vez exigen caprichos más caros, selectos y exclusivos.

Todo se convierte en un producto de consumo, incluida la educación, el deporte, el arte, las carreras profesionales y la política. La oratoria y la dialéctica se han transformado en verborrea y demagogia, la democracia deriva hacia el populismo. El rigor y la razón han dejado paso a la inmediatez y la opinión de cada momento, más o menos dirigida por el albur de las modas, los gustos, las tendencias, lo “políticamente correcto”, las emociones en su concepción más superficial, variable y volátil. Una inmediatez de las emociones y los impulsos a la que nos hemos hecho dependientes, y no sólo de los típicos placeres mundanos, sino que incluso hay personas que se han hecho adictas a la indignación y al victimismo.

Hemos perdido virtudes como la paciencia, la serenidad y la reflexión que nos conducen a la verdadera sabiduría ¿Por qué?

La causa hay que buscarla en que nos hemos alejado de nuestro “verdadero ser”, hemos caído en el autoengaño del “ego”, porque el capitalismo y la sociedad actual se basa fundamentalmente en la continua y desmedida alimentación de nuestros egos que crecen y crecen sin parar hasta que, inevitablemente, terminan chocando entre sí y con la realidad de la Naturaleza, tanto la del mundo en el que vivimos como con nuestra propia naturaleza humana, porque en realidad no somos así, no somos esos “niños pijos”, exigentes, intransigentes, llorones y quejitas, somos seres luminosos, con una enorme capacidad de raciocinio, de amor y de colaboración para autorrealizarnos y para realizar acciones (pequeñas, medianas y grandes) que realmente mejoren el mundo ¡Disfrutemos y aprovechemos todo nuestro potencial humano!

Resuena en el sombrero: “Human”.- The Human League (Sheffield (UK), 1986).
Ni más ni menos”, así se rotulan los platos de la balanza que pesan pecados y virtudes en el cuadro “Finis Gloriae Mundi” (arriba) que pintó Juan de Valdés Leal para el Hospital de la Caridad de Sevilla en 1672.

lunes, agosto 07, 2017

TRANSMISIÓN DE IDEAS VS SEDUCCIÓN



Algunos antropólogos postulan que el desarrollo del lenguaje y de la música en el ser humano tiene ciertas similitudes con la forma en la que evolucionó el canto de las aves. Se originó como una forma de señalización del territorio, autoproclamación identitaria, demostración de fuerza, destreza y vigor, todo ello en relación con el cortejo o ritual de apareamiento. Posteriormente, también se utilizó como una forma de comunicar información de una índole más variada, quizás con unas finalidades más altruistas y solidarias, en relación a los demás congéneres, tales como: alarma o aviso de un peligro, abundancia de alimento, cohesión de los integrantes del bando, etc. Si bien, podría entenderse que la finalidad inicial, relacionada directamente con la selección natural de los mejores, para que sean éstos quienes pasen sus genes a la siguiente generación, es algo que, igualmente, va en beneficio del conjunto de la especie.

Pero claro, cuando hablamos de seres humanos el concepto de lo que se considera “natural” no es tan sencillo y depende de numerosos factores, ya que lo humano, por definición, siempre está impregnado de cierta “artificialidad”. Lo que quiero decir o preguntarme es ¿Cuál es la finalidad fundamental de nuestros actos? ¿Hasta qué punto hacemos las cosas por sí mismas, porque consideramos que es lo mejor (para el grupo?), o las hacemos principalmente para nuestro lucimiento personal, para seducir a los demás, ya sea consciente o inconscientemente?

Es evidente (por redundante) que todos nos sentimos atraídos por lo atractivo, pero la palabra “atracción” se diferencia de la “seducción” en un sutil matiz que tiene algo que ver con las palabras “engaño” y “embelesamiento”, es decir, tiene una cierta connotación negativa.

Hay que ser justos, sinceros y realistas, es perfectamente lícito, lógico y normal que nuestras buenas obras e ideas sean reconocidas e incluso elogiadas y premiadas, en eso se basan las retribuciones por los denominados “derechos de autor”, no tiene por qué haber nada malo en ello, salvo que traspasemos la raya moral delimitada por la dependencia, la exigencia y los reproches, es decir cuando nos veamos dominados o esclavizados por el “ego”. Tan negativo es un descontrolado egocentrismo y autobombo, como caer en una falsa modestia, o el tratar de aparentar ser lo que no somos.

Está muy bien autovalorarse y saberse vender, aunque, a veces, la línea que lo separa de la publicidad engañosa, puede ser muy fina.

Otra pregunta que me surge es la siguiente: Si en la Naturaleza todo está encaminado a la selección de los mejores ¿Por qué, tras varios milenios de evolución humana, no vivimos en un mundo perfecto? ¿Por qué algunos tipos de mal o determinados personajes malvados nos resultan atractivos?

La atracción que sentimos por el mal es un síntoma de que determinadas formas de mal, de negatividad y de descontrol del “ego” han tenido éxito en el mundo, y lo exitoso atrae.

Por lo tanto, al final, lo importante no es lo que nos motiva a actuar, sino que, sea cual sea la razón que nos mueve a hacer cosas, vayamos siempre en la dirección de reforzar lo positivo, los valores más nobles, lo que nos une en lugar de lo que nos separa, el bien común.

Todo este razonamiento ha sido motivado tras escuchar dos canciones en la radio, mientras conducía, a cargo de dos atractivas voces femeninas y plantearme la pregunta ¿Cuál será la voz femenina más sexy de cuantas ha habido en la historia de la música popular? Dichas canciones que resuenan hoy en el sombrero, son estas:

Est ce que tu le sais” de Sylvie Vartan (París, 1962), versión del “What´d I Say” del gran Ray Charles.

Vestido de bolero” de Nana Caymmi (Río de Janeiro, 1997).

Sí, ya sé que es un poco tópico que estén cantadas en francés y en brasileiro, y quizás tampoco es casualidad que ambas intérpretes hayan estado casadas con sendas estrellas de la talla de Johnny Hallyday (en la foto de arriba junto a Sylvie) y Giberto Gil, respectivamente.

¿Qué otras cantantes se os ocurrirían a vosotros?