domingo, noviembre 23, 2014

INQUIETUD





Nada menos que unos tres siglos antes de Cristo, el filósofo griego Platón en “República III, 417ª-b” ya escribió lo siguiente:

Serán ellos, los políticos, a quienes no esté permitido tocar el oro ni la plata (…). Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciudad. Pero si adquieren tierras, casas, dinero, se convertirán en administradores traidores trapisondistas y en odiosos déspotas. Pasarán su vida entera aborreciendo y siendo aborrecidos, conspirando y siendo objeto de conspiraciones, temiendo, en fin, mucho más a los enemigos de dentro que a los de fuera y así correrán en derechura al abismo, tanto ellos como la ciudad”.

La corrupción, el robo y el crimen siempre han sido castigados por todas las sociedades y por todas las leyes, desde que éstas han existido.

Tres siglos más tarde, Jesucristo nos enseñó las bienaventuranzas, predicó la igualdad, el amor y la hermandad entre todas las personas.

La pregunta es: Si llevamos más de dos mil años sabiendo cuál es la manera correcta y justa de comportarnos ¿Por qué no lo hacemos?

Muchas veces se dice que el mal, el egoismo y la avaricia forman parte de la naturaleza humana, pero, relamente ¿Cuándo empezó el problema?

Durante muchos miles de años, el ser humano llevó una vida nómada, de manera que no tenía un especial apego a un lugar determinado, la colaboración entre semejantes era fundamental para la supervivencia de la especie, al igual que la hospitalidad con los extraños.

Estos valores aún perduran en las escasas tribus que siguen viviendo de manera nómada en nuestros días, como por ejemplo los Bereberes, hace poco escuché a uno de ellos decir: “Es muy difícil que los Bereberes nos alistemos en el ejército del Estado Islámico ni que caigamos en el fundamentalismo, debido a los valores imperantes en nuestra cultura”.

Tampoco es casualidad que una de las personas más sabias, nobles, generosas y hospitalarias que he conocido en mi vida fuese uno de los últimos pastores trashumantes de la Sierra de Cameros, que bajó durante numerosos inviernos hasta los lejanos pastos extremeños.

Siempre se ha dicho que viajar es esencial para adquirir cultura cosmopolita, una visión universal de la sociedad y tener una mente abierta, libre de prejuicios y miopías provincianas.

Jesucristo nació en un pesebre, mientras sus padres viajaban, y pasó gran parte de su vida predicando en contínuo movimiento por una amplia zona de Galilea, Siria, Palestina e Israel. No en vano, a sus discípulos les ordenó: “Id y predicad mi palabra por todo el mundo”.

Mucha gente realiza peregrinaciones, recorre caminos como el de Santiago, para meditar, encontrarse a si mismo o purificarse. Y en un orden de cosas mucho más mundano y materialista, a la mayoría de la gente con un cierto poder adquisitivo le gusta viajar, se compran coches, motos, yates, aviones. Incluso hace poco leí la noticia de un multimillonario inglés, Ian Stuart (3ª foto), que se dedica a sobrevivir por sus propios medios, en plan Robinson Crusoe, recorriendo varias islas desiertas del Pacífico, con la única compañía de su “smart phone” para comprar y vender en la bolsa de Londres.

En el lado opuesto, los más desfavorecidos, los marginados, los “sintecho”, se ven obligados a vagabundear para sobrevivir.

Incluso entre la gente más corriente, casi nadie ha pasado toda su vida en la misma ciudad o al menos en la misma casa, a todos nos gusta “cambiar de aires” de vez en cuando. Hay personas que necesitan redecorar o redistribuir su hogar, cada dos por tres, porque parece que si no les invade la monotonía y la rutina.

Con todo esto, lo que trato de decir es que no creo que la verdadera naturaleza del ser humano incluya el sedentarismo. Nos convertimos en sedentarios, cuando descubrimos la agricultura y aprendimos a domesticar animales, encontrando una serie de ventajas y comodidades que nos sedujeron de un modo irresistible, pero... ¿A qué precio?

Con la agricultura y los primeros asentamientos estables llegó la propiedad privada, se cercaron los campos, empezamos a sospechar del vecino cuando nos desaparecía una cebolla del huerto. Fue necesaria la especialización del trabajo, se creo el comercio y la moneda, fue necesario construir graneros, bancos, redactar las primeras leyes para regular el orden social, con ellas se proclamaron los primeros gobernantes, los primeros reyes, los primeros imperios, como el de los egipcios, que guerrearon contra sus vecinos para apoderarse de sus tierras y de sus riquezas.

Asimismo, al vivir en ciudades, también llegaron las primeras aglomeraciones y los inconvenientes que conllevan: proliferación de enfermedades contagiosas, problemas de basuras y residuos, contaminación, insalubridad, hacinamiento, problemas de tráfico, distribución de energía, agua y alimentos, etc.

Unos pocos que se creían más listos y de mayor alcurnia que los demás (el comienzo de la “casta”) se aliaron para engañar, coaccionar y chantajear a la mayoría de la población, para controlar, atesorar poder, riquezas, con muy poco trabajo, de manera que disponían de tiempo libre para divertirse, seguir maquinando tramas, intrigas y miedos, con el único fin de mantenerse en el poder.

Es como si, al asentarnos en un lugar fijo, al dejar de viajar, al poder dejar de pensar en cómo sobrevivir mañana, en qué paisaje nos encontraremos detrás de la siguiente montaña, al ganar en seguridad y en tiempo de ocio, hubiésemos perdido esa libertad de lo “salvaje”, para adoptar una cierta esclavitud de lo “domestico”. De manera que , cuando se pierde el sentido de la igualdad y de la hermandad, una forma divertida y provechosa de pasar el tiempo, en la que “invertir nuestro espíritu inquieto”, es la de idear y maquinar negocios, mafias, engaños y triquiñuelas, con el único fin de acumular poder y riquezas, y así sentirnos superiores al resto, saciando nuestra ambición, sin darnos cuenta de que esa ambición es insaciable y nos lleva a todos al desastre.

Por eso, si queremos acabar con la decadencia y la corrupción, si queremos recuperar los valores más nobles y auténicamente humanos, debemos tomar conciencia de que todo es pasajero, de que la vida es un continuo camino de aprendizaje, debemos descubrir esa pequeña chispa nómada y salvaje que aún palpita en lo más profundo de nuestro corazón.

Si no me creeis, probad a estrechar la mano y mirar a los ojos de alguno de los últimos nómadas que aún caminan sobre la faz de este planeta, y sentiréis que irradia confianza, energía y un calor profunda y auténticamente humano. Y la palabra cobra todo su significado, no hay lugar para la mentira ni el engaño ¡Trato hecho!

Resuenan en el sombrero: “The way you touch my hand”.- The Nomads (Suecia, 1985). Y Nómadas.- Franco Battiato (Sicilia (Italia), 1987).

2 comentarios:

Gulliver Aristos dijo...

Te felicito por tu inteligente aportación.

Mad Hatter dijo...

Gracias a ti por leerlo, Gulliver. Un saludo.