viernes, enero 10, 2014

LOS EXTREMOS SE TOCAN XXV: MICORRIZAS



Los árboles tienen una estrategia vital basada en la longevidad y en el desarrollo en altura, buscando la luz del sol, por encima de sus competidores. Por este motivo, son los principales productores de materia orgánica y energía en muchos de los principales ecosistemas naturales terrestres más productivos y complejos, como son los bosques y selvas de nuestro planeta.
Efectivamente, los bosques se caracterizan por la existencia de árboles como los principales sustentadores del ecosistema. El material del que están hechos los árboles es la madera, formada por la superposición de los anillos de crecimiento que va acumulando el xilema, año tras año, durante siglos. Por así decirlo, la estrategia de los árboles es ser grandes e ir despacio pero seguros, por lo que la actividad metabólica de la mayoría de las células de sus tejidos es poco intensa y lenta.
A pesar de su longevidad, lentitud de desarrollo y de tener unas características genéticas bien definidas, los árboles (como todos los demás seres vivos) precisan de la reproducción sexual para ir adaptando su genotipo a un medio ambiente cambiante. Para ello, en las angiospermas, se produce una doble fecundación: El grano de polen tiene dos núcleos espermáticos (haploides, con un sólo juego de cromosomas = n), al emitir el tubo polínico y llegar hasta el gineceo femenino, uno de ellos se fusiona con la oosfera (haploide) para generar el cigoto (diploide (2n), con las conocidas parejas de cromosomas que albergan los núcleos de las células que componen nuestros cuerpos), que por división celular (mitosis) formará el embrión de la semilla; mientras que el otro núcleo espermático se une al núcleo secundario (diploide)  del óvulo generando una célula triploide que por mitosis dará lugar al endospermo o albumen (reserva de alimento para el embrión).
De esta forma, cuando la semilla caiga en un lugar apropiado germinará y, gracias a la generosa reserva (triploide) de alimento, emergerá una nueva planta, formada por células con un sólo núcleo diploide (con la mitad de su material genético procedente de la madre y la otra mitad procedente del padre).
Durante su desarrollo y crecimiento, la feroz competencia que se produce en el suelo del bosque por acceder al agua y los nutrientes del suelo, resistir la prelación de los animales herbívoros, así como la carrera en altura, hacia el dosel arbóreo, en busca de la luz, se encargará de seleccionar a los mejor adaptados.
Sin embargo, la inmensa mayoría de los árboles precisan, para su correcto desarrollo, asociarse a unos seres con una estrategia vital totalmente distinta, me estoy refiriendo a los hongos que se unen a los ápices de las raíces de los árboles para formar las micorrizas.
Los hongos, al contrario que los árboles, producen muy poca materia, básicamente consisten en unos delgados y endebles hilillos (hifas) que forman una red (micelio) en el mantillo del suelo del bosque, en el que viven a costa de descomponer los residuos orgánicos de plantas y animales (saprobios), así como de los nutrientes (principalmente azúcares) que les proporcionan las raíces de los árboles con las que se asocian (simbiontes), a cambio de mejorar su capacidad absorbente y de constituir una eficaz defensa contra infecciones de hongos parásitos patógenos.
La reproducción sexual de los hongos superiores (ascomicetos y basidiomicetos) se realiza cuando dos hifas (haploides) procedentes de sendas esporas, se unen para formar hifas con dos núcleos compatibles (dicarióticas, provistas de 2 núcleos que nunca se fusionan), cuyo micelio producirá las setas o cuerpos de fructificación (carpóforos) en los que se encuentran los ascos o basidios que, mediante meiosis (división celular que implica un reducción a la mitad del número de cromosomas), producirán las esporas (por lo general con un sólo núcleo haploide), con lo que se cierra el ciclo reproductor.
A fin de aprovechar al máximo los efímeros momentos durante los que se producen las condiciones óptimas para su desarrollo (humedad elevada pero sin encharcamiento y temperaturas suaves), así como para fructificar con rapidez y abundancia ante situaciones de estrés o alteraciones que amenacen el medio en el que viven (derribos de árboles por viento, nieve o tormentas, incendios, inundaciones, excavaciones de animales, apertura de caminos o cortafuegos, etc.), de manera que las abundantes y ligeras esporas puedan dispersarse a otras zonas con mejores condiciones donde establecerse, hay momentos en que los hongos necesitan con urgencia acelerar enormemente su metabolismo.
La solución biológica para resolver las situaciones que requieren de un aporte extra, para intensificar su metabolismo, a fin de acelerar su crecimiento y velocidad de reproducción, es el “sinticio”, es decir, aumentar el arsenal genético mediante el desarrollo de células con muchos núcleos y también numerosos orgánulos citoplasmáticos como las mitocondrias (encargadas de la respiración celular) y retículos endoplasmáticos, ya que ellos albergan el ADN que contiene el código genético para fabricar tanto las proteínas como los ribosomas (complejos macromoleculares formados por proteínas y ARN, que se encargan del montaje de las proteínas mediante la traducción el código genético contenido en el ADN).
Por ejemplo, las fibras de nuestros músculos son sinticios formados por fusión de varias células.
En el caso de los hongos, está demostrado que algunas especies de ascomicetos como las Colmenillas (Morchella) producen esporas con entre 10 y 30 núcleos haploides y, a su vez, las hifas producidas pueden unirse (anastosomarse) para formar colonias miceliares por las que circulan numerosos núcleos. Por así decirlo, estos hongos han renunciado a su identidad genética individual, en favor de aumentar la capacidad de crecimiento, reproducción y supervivencia de la especie o grupo supraespecífico, lo cual supone una gran dificultad a la hora de su caracterización, descripción y clasificación taxonómica.
Esto explicaría cómo es posible que, de la noche a la mañana, salgan multitud de colmenillas sobre las cenizas de un bosque quemado, observándose una amplia diversidad morfológica, incluso entre ejemplares que salen en apretados grupos sobre un pequeño trozo de micelio.
En menor o, al menos, en cierta medida, algo parecido podría suceder con otros muchos taxones de hongos, en los que, más que “especies” en sentido estricto, quizás sería más apropiado hablar de “grupos” infragenéricos, formados por especies, subespecies, variedades, formas, colonias o ejemplares bastante próximos genéticamente entre sí, pero que, debido a esa facultad de unir sus hifas y de poner en común su material genético, al menos en determinados momentos y circunstancias, resulta muy complicado determinar su grado exacto de parentesco o afinidad.
Esto explicaría por qué en la micología de setas silvestres nunca se habla de híbridos, sencillamente, éstos no serían detectables porque el rango de variabilidad de las especies o  “grupos de especies” descritos ya los englobaría (en caso de que realmente se produzcan) y, en cualquier caso, es prácticamente imposible estar seguros de cuál es el “padre” y la “madre” de un determinado micelio que crece en el suelo de un bosque, con lo cual no es posible saber si se trata de un híbrido o no. Si bien, en laboratorio se han conseguido producir híbridos artificiales de champiñón, intraespecíficos entre distintas variedades de Agaricus bisporus.
En base a diferencias morfológicas, muchas veces bastante sutiles, o a diferencias en el hábitat, suelen describirse numerosas especies, pero ¿Cómo estar seguros de que en realidad no se trata de especies con un cierto rango de diversidad de hábitats, formas, colores y tamaños? ¿Cómo determinar si se trata de diferentes especies, subespecies o variedades, dentro del rango de diversidad de una misma especie?
El rigor clasificatorio taxonómico nos ha llevado a la aberración que supone denominar con distinto nombre científico (de género y especie) a las distintas fases (sexual y asexual) de un mismo individuo, por ejemplo la fase asexual del hongo ascomiceto Gibberella circinata (que se reproduce sexualmente por ascosporas producidas en ascas) se denomina Fusarium circinatum (anamorfo del anterior, se reproduce asexualmente mediante clamidosporas producidas en conidios).
En mi opinión, resulta evidente que la taxonomía linneana clásica (originalmente ideada para la clasificación de plantas y animales) no se adapta a la compleja y singular realidad del reino Fungi, sobre todo del subreino Dykaria (por aquello de sus hifas dicarióticas).

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Resuena en el sombrero: “Under Your Mushroom”.- The Stems (Perth (Australia), 1985).